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domingo, 27 de enero de 2013

La cerillera

Desde que soy pequeña me ha encantado la lectura. Uno de los primeros recuerdos que tengo es mi madre, a mi lado en cama, leyéndome un libro ilustrado. Posiblemente lo conozcáis:  ''La cerillera'', o ''La fosforera''; tenía varios nombres según la versión. Para las mentes más vagas lo recordaré, así un poco por encima.


Es la noche de Navidad, y mientras todas las familias vuelven a su casa con regalos y comida, una niña vende cerillas en la calle. Hace mucho frío, y a pesar de sus esfuerzos la gente no compra ninguna. Cuando ya se acerca la noche y la gente ha entrado en sus casas la cerillera hace recuento, y se da cuenta de que con lo que ha conseguido no podrá dar de comer a su familia, y sus padres se enfadarán. Decide quedarse en la calle, por si pasa alguien que le pueda comprar. 
Después de un tiempo, al notar el frío que hace, decide encender una cerilla. La luz del fósforo al arder le muestra una acogedora estancia donde arde el cálido fuego de la chimenea al lado de una mesa con humeante comida. Al apagarse, la niña vuelve a la oscura y fría realidad.
Al vivir esa increíble visión decide encender una segunda cerilla. Cuando lo hace puede ver un salón con un árbol de navidad bellamente adornado con infinidad de pequeñas velitas centelleantes. Bajo él, los regalos esperando a ser abiertos por niños ilusionados.
Finalmente, y cuando se le apaga la segunda, no lo duda y enciende su última cerilla. Esta vez ella misma estaba sentada delante de una chimenea, tomando una sopa caliente y recibiendo unos preciosos regalos en el árbol de Navidad.
El cuento termina aquí, pues tan agradable es la sensación para la chiquilla, tan gratificante sentir el calor del hogar, que entonces, cuando se consume la cerilla, sólo queda junto a la esquina de las elegantes casas el pequeño cuerpecito de la vendedora de fósforos, pues su alma se niega a regresar a esa realidad que la había ignorado hasta el momento.

Siempre me ha parecido un cuento sumamente bello, pero hasta que crecí no comprendí la historia de la pequeña vendedora de fósforos. Es una historia real, que pasa cada día en cada ciudad. Hay gente que día tras día lucha en las calles por poder llevar de comer a su familia. Gente que pasa las Navidades en casas de acogida, en lugares masificados donde es imposible encontrar el calor de la familia. Y hay que agradecer mucho el esfuerzo de los voluntarios, ya que estas mismas Navidades he visto muchas campañas para recolectar juguetes y comida para las familias más necesitadas. Sin embargo también debemos observar el egoísmo del ser humano, por permitir una sociedad tan injusta, donde gente muere de frío y hambre cada día, sin que a nadie le repercuta. Este cuento tiene un trasfondo social muy importante y por eso me gusta tanto. Es duramente precioso, o preciosamente duro.

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